Me hallaba en el camarote del comandante, mi camarote. No era muy grande, apenas dos reducidas habitaciones. Esta era mi sala de trabajo, al lado se encontraba la sala de descanso.
Una gran ventana me permitía ver el espacio exterior, todo oscuridad salpicada por unos cuantos puntitos blancos.
En el centro tenía mi mesa de trabajo, sobre ella el panel de control, que me permitía dar órdenes desde aquí al centro de mando.
A veces me pasaba noches enteras mirando embobado por el ventanal, intentando escudriñar el puntito al que nos dirigíamos. Confieso que cada día que pasaba me encontraba algo más nervioso, porque nuestro destino estaba cada vez más cercano. Era una experiencia que ya había vivido antes, pero esta era especial, porque esta vez todo tenía que salir bien.
Así estaba yo, mirando
al cosmos ensimismado en mis pensamientos, cuando un ruido en mis espaldas
me hizo girar. Alguien golpeaba una y otra vez la compuerta,
mientras una voz de niña decía: "Abuelito, soy yo ábreme"